wbez:
(Photo by Moritz Petersen)
“Where Are You?”
by Britt Julious
It is the weight that kills me. The wait too. The cell phone, regardless of how technologically-advanced it becomes, remains a reminder of things not done: phone calls, messages. There is a missing awareness of space and need. Simple requests become tests of patience. The cell phone – with its rectangular shape, its heft – is a black mirror of time.
In his latest essay for the New York Times, Jonathan Safran Foer examined the ways in which technology has incubated intimacy while reinforcing aloneness. “I worry that the closer the world gets to our fingertips, the further it gets from our hearts,” he wrote. “It’s not an either/or — being “anti-technology” is perhaps the only thing more foolish than being unquestioningly “pro-technology” — but a question of balance that our lives hang upon.”
I crave aloneness more than most. A friend asked how I had the time to write while working all day (and seemingly playing all night). The reality is that I am more with just myself than anyone else. Aloneness breeds ideas and curiosity. It is also a time of decompression. The mind breaks down the confusions of the everyday when uncluttered with the presence of others.
But aloneness is not everything. It can not be. There is a reason why we find ways – even online – to connect in person. Eye contact is underrated.
I am thinking about my desire to see those I love and admire in person and how technology impedes that desire. There is something quietly devastating in waiting. We have not lost patience. We have lost our ability to speak directly, to address things concretely and with speed. Speaking makes us vulnerable. It requires us to be open and honest, more honest than the written word, a practice in control.
I would rather know if a friend is busy or tired or not interested in spending time together as soon as possible. Foer wrote, “The problem with accepting — with preferring — diminished substitutes is that over time, we, too, become diminished substitutes. People who become used to saying little become used to feeling little.”
Without the face-to-face or voice-to-voice, we can ignore human interactions that might be anything other than pleasant. The easiest way to avoid pain is to text. The easiest way to feel pain is by text. A text message is short and pointed. The words must mean more for one to say so little.
But I too have lost a sense of self in the fray. A text is easier than a call. It is quick. Feelings can be stifled. A tone of voice says, “This is how I feel.” Words are up for interpretation.
“How do you really feel … about this? About us?”
I cannot remember the last time when I was so blunt. “These inventions were not created to be improvements upon face-to-face communication, but a declension of acceptable, if diminished, substitutes for it.” But the longer one uses them, the easier it is to fall into new habits of disconnectedness from the world around us. I try to pull away from my inability to be human, but is that even possible anymore, for someone so ingrained in my little black box of information?
The reality of friendship in your twenties is that what you once knew is no longer as secure as it might have seemed. I knew these things would slip away, but in the moment it was a pain I never grasped.
My mother asked, “Why don’t you share how you feel?”
“I don’t know if I should,” I said. “I don’t know if I can.”
Follow Britt on WBEZ and twitter @britticisms.

Dice la -en este caso- equivocada cultura popular que un ejemplo de la adaptación de la lengua al medio en el que vive es que los esquimales tienen multitud de palabras para designar la nieve. El origen de este error se sitúa en el antropólogo Frank Boas, que en 1911, explicaba esto con cuatro palabras de diferente lexema para otros tantos tipos de nieve.
Aunque, como señala el programa de conservación de lenguas Sorosoro, el propio Boas explicaba que lo que sería expresado por una sola palabra en inuktitut puede serlo por un grupo de palabras en otra lengua, el daño estaba hecho y diferentes publicaciones científicas espolvorearon esta idea por el saber popular aumentado de manera exponencial el número de palabras que los esquimales utilizaban.
Pero que no cunda el pánico. Hay una muestra con más palabras y mucho más cercana: El idioma gallego contempla más de 70 vocablos para su nieve particular: la lluvia.
Elvira Fidalgo, profesora de Filología Románica en la Universidad de Santiago, hizo su tesis sobre la formación de las palabras gallegas para lluvia. “Los términos de Galicia”, explica, “como en la mayor parte de las lenguas romances, parten del pluvia latino, que era el elemento específico que caía cuando llovía”. Está acción, la del “agua de lluvia que cae”, era inver, de donde deriva el nombre de la estación más fría del año. Los hablantes de las lenguas románicas fueron poco a poco inventando nuevos nombres para el mismo concepto y variaciones del mismo, “entrando en cuestión cosas como el aspecto del día, el ruido que hace el agua al caer o las metáforas”.
Un ejemplo de esta variación metafórica en gallego sería el froallo, que según la Real Academia Galega es “una lluvia muy pequeña”. El término nace del latín floccum, que significaba una brizna de lana. Cuando antes se esquilaba a las ovejas y se aireaba la lana, esta soltaba un polvillo que se mecía blanco entre la brisa. “Esa imagen del polvo moviéndose”, dice Fidalgo, “ se trasladó a una lluvia que se pone a caer cuando hay rayos de sol y parece medio blanca”.
El origen onomatopéyico se ve en el lexema bab-, origen en palabras como babuña (“lluvia débil”) y que “refleja el sonido que hacen los bebes cuando todavía no hablan y por la baba en sí”, que se traslada a “una lluvia muy finita, pegajosa pero no desagradable”. Otros ejemplos serían patiñeira o lapiñeira, en las que pat- y lap- imitan el sonido al caminar entre charcos.
Pero la forma más común para la formación de palabras en las lenguas latinas es la derivación. Así, tanto barrallo y barrufa como zarzalo y zarracina vienen respectivamente de boreas y circius, palabra griega y latina para nombrar el viento del norte que traía las nubes de lluvia débil. Más ejemplos serían ballón (“Golpe de lluvia fuerte, abundante y de corta duración que se repite a lo largo de varios días) y su sinónimo lucense balloada, pero que en su caso están derivadas del bullar latino (ebullición) y relacionadas con el también latino battuere, de la que nace batega, (“lluvia intensa y de corta duración”).
Un lector avispado se habrá fijado en que la mayoría de los vocablos referidos hablan de lluvias débiles. Desde Meteogalicia explican que “aunque en Galicia hay todos los tipos de lluvia, los más comunes son los persistentes y de carácter débil”. La gran cantidad de precipitaciones en Galicia es debida a su situación como primer frente de defensa contra las borrascas que llegan del océano Atlántico cargadas de humedad y que la van perdiendo por la Comunidad Autónoma debido a la orografía. La pendiente que hay desde el océano a las montañas hace que las masas de aire asciendan, ayudando a formar las nubes de lluvia. La filóloga Fidalgo ve esta explicación razonable, pero también supone un componente afectivo al razonar que “con la lluvia débil es mucho más fácil convivir que con la fuerte”.
Pero la lluvia con más carga también tiene su sitio en el gallego. Así, arroiada, bátega, chaparrada, cebrina o cifra, entre otras, son precipitaciones con fuerza. Treboada, troboada, torbón y trebón hablan de rayos y truenos. Cuando la nieve y el hielo acompañan se da el auganeve, cebrina, escarabana, nevarada o la sarabiada. Si la neblina está presente, aparecen la borraxeira, brétema, cegoña, fuscallo y la néboa… Por fortuna, el gallego también contempla amizar, delampar, escambrar o estear. Son para cuando escampa.
Actualización:
Condensación de Auga:
- Borraxeira, Borraxoia, Brétema, Cegoña, Fuscallo, Néboa, Neboeiro, Nebra, Zarrazina…
Chuvia Feble:
- Babuña, Babuxa, Barbaña, Barbuza, Barrallo, Barrufa, Barruñeira, Barruzo, Borralla, Breca, Chuvisca, Chuviscada, Chuviñada, Froallo, Lapiñeira, Marmaña, Orballo, Parruma, Parrumada, Patiñeira, Patumeira, Poalla, Poallada, Poalleira, Poallo, Zarzallo…
Chuvia Forte:
- Arroiada, Ballón, Basto, Bátega, Bategada, Cebra, Cebrina, Chaparrada, Chuvascada, Chuvasco, Chuvieira, Cifra, Ciobra, Dioivo, Treixada, Xistra, Zarracina…
Con raios e tronos:
- Treboada, Torboada, Torbón, Trebón…
Con Neve e Xeo:
- Auganeve, Cebrina, Cebrisca, Escarabana, Nevada, Nevarada, Nevareira, Nevarío, Nevisca, Nevarisca, Pedrazo, Salabreada, Sarabiada, Torba…
E logo, cando remata, está a:
- Amizar, Delampar, Escambrar, Escampar, Estear, Estiñar, Estrelampar…
—
Foto: Galipedia
Fuente: http://www.yorokobu.es
“Hubo un tiempo en que Lucio Dorr salía de caminata varias noches a la semana y fotografiaba, sin flash y en alta exposición, motivos geométricos que descubría en puertas de cines casi abandonados, viejos mercados, edificios que no se destacaban precisamente por su estilo y veredas que quizás siguen siendo –robémosle la expresión a Luis Thonis- un milagro infame. O simplemente objetos indiferentes y arquitecturas mutiladas, inocuas ante cualquier ojo que no fuera el suyo: disposiciones lumínicas desquiciadas, tipografías bastardas. Una reunión de gatos se convertía en una conspiración de disposiciones tan únicas como fugaces. Al mismo tiempo, con una obsesión aterradora, aprendía el oficio de carpintero y fabricaba unas desmesuradas rampas sin otra finalidad que su diseño único. No tenía casa por esos días, vivía transitoriamente en el Abasto, en la trastienda de una de las primeras galerías independientes de Buenos Aires, Duplus. Sus obras eran producto de todas esas coordenadas mezcladas.
Él también.”
Rafael Cippolini
Source: Cippoweb
Hugo Barros, collage artist living in Lisbon. All collages are handmade don’t use any computer manipulation.
Source: Soup Mag
Amor en el bondi <3
(vía calandracas)